Félix Rubial, Director Gerente, Hospital Universitario Marqués de Valdecilla
A lo largo de la historia, la medicina ha ido incorporando avances que han transformado la manera de entender la salud y de cuidar a las personas. Cada época ha tenido sus propios desafíos y sus propias respuestas. Hoy, nos encontramos ante una nueva oportunidad de cambio: integrar soluciones digitales que complementen y refuercen los tratamientos convencionales. Las llamadas terapias digitales no son ya una promesa futura ni una curiosidad tecnológica; son una realidad validada científicamente que ofrece a profesionales y pacientes herramientas eficaces para abordar y tratar diversas enfermedades. Este nuevo enfoque no solo introduce recursos innovadores en la práctica clínica, sino que también plantea preguntas esenciales: ¿estamos preparados para aprovechar su potencial?, ¿sabremos garantizar su acceso equitativo y su uso responsable?, ¿seremos capaces de integrarlas sin perder la dimensión humana que debe caracterizar a la asistencia sanitaria?
En este escenario de cambio, España tiene la posibilidad —y el reto— de decidir si quiere liderar esta transformación o esperar a que otros sigan marcando el camino.
Pero volvamos al principio. Las terapias digitales, conocidas internacionalmente como Digital Therapeutics (DTx), consisten en intervenciones terapéuticas que utilizan tecnologías digitales para prevenir, tratar o controlar enfermedades. A diferencia de otras aplicaciones de salud, estas soluciones han sido diseñadas con criterios científicos rigurosos y han superado procesos de validación clínica que garantizan su eficacia y seguridad. Algunas de estas terapias están orientadas a enfermedades crónicas de alta prevalencia, como la diabetes mellitus tipo 2 o el asma, mientras que otras se centran en el apoyo psicológico y emocional, como los programas de terapia cognitivo-conductual digitalizados para el manejo de la ansiedad o la depresión.
Una de sus principales ventajas es que permiten ofrecer tratamientos personalizados y continuos, mejorando el seguimiento de los pacientes sin necesidad de visitas presenciales constantes. Esto refuerza la adherencia terapéutica, algo especialmente importante en enfermedades crónicas. Además, ofrecen la posibilidad de monitorizar en tiempo real el estado de salud del paciente y ajustar las intervenciones según su evolución, lo que amplía las posibilidades de un tratamiento más dinámico y efectivo.
A pesar de los avances tecnológicos y la experiencia acumulada en otros países europeos, España aún no ha desarrollado un marco normativo específico que regule la evaluación, aprobación y financiación de las terapias digitales. Esta situación esta ralentizando su incorporación al Sistema Nacional de Salud (SNS), manteniéndolas en una situación de uso limitado, generalmente en el ámbito privado o como proyectos piloto sin continuidad estructurada.
Modelos como el alemán, con su programa DiGA, demuestran que es posible establecer un procedimiento ágil para evaluar estas terapias y permitir su inclusión en el catálogo de prestaciones financiadas. Francia y el Reino Unido también han dado pasos firmes en esa dirección. En cambio, España sigue debatiendo cómo debe ser este proceso, mientras entidades como el Consorcio DTx proponen estrategias para adaptar los procedimientos de evaluación a las peculiaridades del SNS, buscando asegurar la interoperabilidad con los sistemas de información existentes y garantizando la protección de los datos personales.
Uno de los aspectos críticos sigue siendo la financiación pública. Sin un sistema de reembolso que garantice el acceso universal a estas terapias, corremos el riesgo de que solo una parte de la población pueda beneficiarse de ellas, perpetuando desigualdades en el acceso a la innovación sanitaria. La equidad debe ser un principio rector en la estrategia de implantación de las DTx. No podemos permitir que el acceso a estos tratamientos dependa del nivel de renta o del lugar de residencia del paciente.
Por otro lado, la formación de los profesionales sanitarios es fundamental para que las terapias digitales se integren de manera natural en la práctica clínica. Los médicos, enfermeras y otros profesionales deben conocer tanto el funcionamiento de estas soluciones como su evidencia clínica, sus indicaciones y sus limitaciones. Solo así podrán prescribirlas de manera adecuada y hacer un seguimiento riguroso de su efectividad. Igualmente, es necesario reforzar la alfabetización digital de los pacientes, para que comprendan cómo utilizar estas herramientas y participen activamente en su proceso de salud.
Una apuesta de futuro que exige compromiso
Las terapias digitales representan una oportunidad estratégica para transformar el modelo de atención sanitaria en España. La Estrategia de Salud Digital, ya en marcha, ofrece una plataforma sólida para favorecer su integración, siempre que se avance en el desarrollo normativo y se promueva la interoperabilidad de estas soluciones con los sistemas de información clínica. Además, el contexto europeo de regulación sobre inteligencia artificial puede ayudar a sentar las bases para que estas terapias digitales encuentren su espacio dentro del marco jurídico y ético que la ciudadanía demanda.
Es importante subrayar que las terapias digitales no sustituyen al profesional sanitario, ni pueden ni deben reemplazar la relación de confianza que existe entre el paciente y su profesional de referencia. Sin embargo, pueden convertirse en una herramienta poderosa que mejore la eficiencia, la precisión y la continuidad asistencial, especialmente en el manejo de enfermedades crónicas o en situaciones donde el acceso a la atención sanitaria es más complicado.
El reto, por tanto, no es solo tecnológico. Este es quizá el menos de nuestros males. A mi juicio estamos ante un desafío normativo, organizativo y de capacitación profesional. España tiene los recursos, el talento profesional y la infraestructura tecnológica para liderar este cambio. Lo que necesita es un compromiso firme para superar la inercia, construir un marco regulador que dé confianza a todos los actores implicados y garantizar que esta innovación llegue de forma justa y efectiva a la población.
No estamos ante un futuro lejano, sino ante una decisión que debemos tomar en el presente. Si queremos un sistema sanitario más eficiente, más cercano y más capaz de responder a las nuevas necesidades de los pacientes, las terapias digitales deben ocupar el lugar que les corresponde en nuestra agenda sanitaria.
